IN TENEBRIS, LIBERTAS
Lección 009 · módulo 05 · 2026.10.05
Transmisión recibida desde el Archivo.
Remitente: LIBERTARIAN
Destinatario: quien sigue la malla
Firma: MONARCH
Al terminar podés decir qué vuelve sano a un dinero, por qué sin precios libres nadie puede hacer la cuenta, y por qué la inflación es un impuesto aunque ninguna ley la llame así.
La 008 cerró con lo que el Estado cobra a la vista. Este módulo entra por lo que cobra sin que se vea: el metro con el que medís todo lo demás. Sin nombrar el dinero, la malla habla de precios como si fueran caprichos del comerciante y de crisis como si fueran clima.
Dinero es el bien que la gente acepta no para usarlo, sino para cambiarlo después por otra cosa. Es el medio de intercambio y, por eso mismo, la unidad en la que se hace la cuenta: costos, sueldos, ahorros, deudas. Dinero sano es el que elige el mercado y el poder no puede estirar a gusto. No hace falta que sea oro. Hace falta que quien lo emite no pueda multiplicarlo para pagar sus gastos. Ludwig von Mises lo definió por sus dos caras:
«Así, el principio del dinero sano tiene dos aspectos. Es afirmativo, en cuanto aprueba la elección que el mercado hace de un medio de intercambio de uso común. Es negativo, en cuanto obstruye la propensión del gobierno a entrometerse en el sistema monetario.»
Un metro que se encoge cada mes no sirve para medir. Un peso que pierde valor cada mes tampoco sirve para contar. Entre 1970 y 1992 a la moneda argentina se le sacaron trece ceros en cuatro cambios de nombre: peso ley, peso argentino, austral y peso (La Nación, 01-06-2022). El último canje fue de diez mil australes por peso (BCRA). No cambió la riqueza de nadie: cambió el cartel, para no mostrar cuántos ceros se había comido la emisión. Por eso acá la casa y el auto se tasan en dólares, y se ahorra en dólares aunque se cobre en pesos. Nadie lo votó. Es la gente eligiendo otro metro porque el oficial miente.
«El dinero es del Estado: lo emite el Banco Central.» Lo emite, sí. Que lo emita no lo hace dueño de lo que vale. El valor del peso es lo que vos y el almacenero aceptan dar por él. Cuando la emisión lo destruye, no pierde el Banco: pierde el que lo tenía en el bolsillo.
Cálculo económico es comparar en una misma unidad lo que se gasta y lo que se obtiene, para saber si un proyecto crea valor o lo destruye. Ganancia y pérdida no son palabras feas: son el resultado de esa cuenta. Sin precios en dinero para los medios de producción —tierra, máquinas, materiales, horas de trabajo— la cuenta no se puede hacer. Mises lo demostró en 1920 contra el socialismo:
«Donde no hay mercado libre, no hay mecanismo de precios; sin mecanismo de precios, no hay cálculo económico.»
Una fábrica estatal sin precios de mercado no sabe si gasta más acero del que vale lo que produce. Puede cumplir el plan y quemar riqueza al mismo tiempo. Sin la cuenta, decidir es adivinar. Dos páginas antes, Mises ya lo había dejado dicho:
«Así, en la comunidad socialista, todo cambio económico se vuelve una empresa cuyo éxito no puede apreciarse de antemano ni determinarse después en retrospectiva. Solo queda andar a tientas en la oscuridad.»
El problema no es solo del socialismo de manual. Aparece cada vez que se rompe la unidad de cuenta. En diciembre de 2023 los precios al consumidor subieron 25,5% en un solo mes y 211,4% en el año (INDEC, IPC diciembre 2023). El Banco Central describió después las señales de esos meses: desabastecimiento, precios cada vez más distintos para un mismo bien y contratos de trabajo cada vez más cortos (BCRA, IPOM diciembre 2025, p. 23). El ferretero que no sabe a cuánto va a reponer no vende o remarca a ciegas. La pyme que firma a seis meses no sabe cuánto va a valer lo que cobre. Nadie planea a un año cuando el metro cambia cada semana. Eso no es especulación: es falta de cálculo. Miguel Anxo Bastos pone el capitalismo justo ahí:
«Para mí el capitalismo es, básicamente, una tecnología mental, una tecnología de cálculo que implica ahorro. Y ese ahorro se invierte de forma sistemática en el mejor de los usos posibles.»
«La cuenta la puede hacer un buen equipo de técnicos.» Los técnicos no tienen los datos. Los datos son las valoraciones de millones de personas, que cambian todos los días y solo aparecen cuando esas personas compran y venden. Un comité sin precios no tiene qué sumar.
Coordinación es que millones de planes distintos encajen sin que nadie los ordene. El que siembra, el que transporta, el que fabrica y el que compra no se conocen. Se ajustan porque los precios les avisan qué falta y qué sobra. Friedrich Hayek lo explicó en 1945:
«Debemos mirar el sistema de precios como un mecanismo de ese tipo para comunicar información si queremos entender su verdadera función; una función que, por supuesto, cumple con menos perfección a medida que los precios se vuelven más rígidos.»
Si sube el gasoil, el transportista no necesita saber si fue una sequía, una guerra o una refinería parada. Le alcanza con el precio para cuidar el combustible, cambiar la ruta o ajustar la tarifa. El que contrata el flete, a su vez, ajusta lo suyo. El aviso corre de mano en mano y llega a gente que nunca va a conocer la causa:
«Lo maravilloso es que, en un caso como el de la escasez de una materia prima, sin que se dé ninguna orden, sin que más que quizá un puñado de personas conozca la causa, decenas de miles de personas cuya identidad no podría averiguarse con meses de investigación son llevadas a usar el material o sus productos con más economía; es decir, se mueven en la dirección correcta.»
Por eso el precio pisado no es un precio barato: es un aviso falso. Una tarifa congelada dice que la energía sobra cuando escasea. Un precio máximo dice que hay mercadería a ese valor cuando en la góndola no hay. El propio Banco Central reconoció que a fines de 2023 regían «fuertes controles cambiarios» y «numerosos precios reprimidos», y que esa estrategia «escondía una tendencia inflacionaria explosiva» (IPOM diciembre 2025, p. 23). Juan Ramón Rallo nombra lo que se pierde cuando se controla:
«[…] controlar los costes en general impide que los precios realicen su función fundamental: revelar las escaseces relativas de los distintos bienes y factores productivos.»
«Los precios libres son caros.» Lo caro es la escasez; el precio solo la muestra. Si se tapa el termómetro, la fiebre sigue, y encima nadie sabe dónde atender.
Inflación, en sentido estricto, es aumentar la cantidad de dinero. La suba general de precios es su consecuencia. Cuando el Estado gasta más de lo que recauda y cubre la diferencia emitiendo, cada peso nuevo le compra bienes reales que deja de poder comprar el que ya tenía pesos. Es un impuesto: pasa riqueza del que tiene el dinero al que lo emite. No pasa por el Congreso, no tiene alícuota y lo pagan primero los que no pueden escapar del peso: el que cobra sueldo, el jubilado, el que vive al día. Axel Kaiser lo escribió sin anestesia:
«No hay que equivocarse: la inflación es literalmente un robo a muchos en beneficio de unos pocos, cuyos resultados son desoladores.»
Además de cobrar, desordena. Los pesos nuevos no llegan a todos a la vez: llegan primero adonde gasta el Estado, y los precios suben primero ahí. El resto lee esa suba como si fuera demanda genuina y mueve recursos hacia donde no hacían falta. Rallo lo resume en el mismo texto:
«[…] envía señales distorsionadas a los agentes económicos, castiga a los empresarios y ahorradores que han acertado, retrasa los reajustes de la estructura productiva y agrava las carestías relativas de recursos.»
En la Argentina se vio en las dos direcciones. A fines de 2023 la gente se sacaba los pesos de encima: según el Banco Central, la velocidad de circulación del circulante, históricamente estable en torno a 16, llegó a 48. Era la tendencia a «huir de la moneda», a no tener «saldos monetarios (sujetos al impuesto inflacionario)» y cambiarlos por bienes (IPOM diciembre 2025, p. 23). Y cuando el impuesto bajó, el mismo informe cuenta «la disminución del impuesto inflacionario» entre las causas de que la pobreza cayera de 52,9% en el primer semestre de 2024 a 31,6% en el primero de 2025 (p. 10). Agustín Laje había puesto la causa donde corresponde:
«[…] reduciendo el peso del Estado, que asfixia la economía, que provoca inflación con su emisión descontrolada […]»
«La inflación la causan los empresarios que remarcan.» El que remarca corre detrás de un peso que vale menos; no lo fabrica. Ningún almacén imprime billetes. Cómo ese impuesto pasa por la banca y por qué se come el ahorro lo toma la 010.
En el cuerpo, las horas que trabajaste quedan guardadas en el dinero que cobrás; si alguien lo diluye, te quita horas sin tocarte. En el vínculo, el precio libre es un aviso entre desconocidos que no necesitan ponerse de acuerdo en nada más. En el territorio, emitir para gastar no es política monetaria: es cobrar sin ley.
Si se niega, el país no administra su moneda. Rompe el metro, apaga los avisos y le pasa la cuenta al que menos puede huir.
Mises dejó escrito para qué sirve la idea de dinero sano:
«Es imposible captar el sentido de la idea de dinero sano si no se advierte que fue concebida como un instrumento para proteger las libertades civiles contra las incursiones despóticas de los gobiernos.»
Hoy: anotá el precio de tres cosas que comprás seguido. Miralos de nuevo dentro de tres meses. Si subieron las tres, preguntate qué cambió: las cosas o el metro.
La 010 sigue por el mismo camino: inflación, banca y destrucción del ahorro.
— MONARCH
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