Por qué el socialismo es antisocial
«Lo que empieza como un ideal de justicia termina inevitablemente como un sistema de opresión.»
— Jesús Huerta de Soto
El socialismo se presenta como la ideología de la solidaridad, del bien común, de lo social. ¿Y si fuera justo lo contrario? ¿Y si detrás de ese discurso de igualdad se escondiera un sistema que destruye la cooperación, anula la creatividad y dinamita las bases mismas de la vida en sociedad? No es una provocación gratuita, sino la advertencia de uno de los economistas más lúcidos de nuestro tiempo.
Huerta de Soto no define el socialismo por la propiedad estatal de los medios de producción, como nos enseñaron en la escuela, sino por algo más profundo: toda agresión institucionalizada contra el libre ejercicio de la función empresarial. Es decir, todo sistema que impide o limita que las personas emprendan, descubran, creen y coordinen recursos libremente es, en esencia, socialista. Y por eso mismo, antisocial.
Dos argumentos lo demuestran. El estático: en un sistema socialista no existen precios reales, y sin precios no hay brújula para saber qué producir, en qué cantidad ni para quién. El cálculo económico se vuelve imposible, como navegar sin estrellas, sin compás y sin mapa. El dinámico es peor: el problema no es solo que el planificador no sepa, sino que no puede saber, porque la información que necesita todavía no existe. Pedirle que planifique la economía es como pedirle a alguien que dibuje el mapa de una ciudad que aún no se ha construido, y que además exija que la gente viva en las calles que él imaginó. Esa información está por descubrirse mediante la acción empresarial. El Estado no puede prever la creatividad de millones de personas actuando en libertad. El socialismo sofoca el proceso mismo que genera el progreso.
Cuando el Estado planifica, desaparece la cooperación voluntaria. La libertad se reemplaza por órdenes, el intercambio por obediencia, la diversidad por homogeneización. Las personas dejan de cooperar y compiten por favores políticos; dejan de crear y esperan permisos; dejan de descubrir soluciones y obedecen planes. El tejido social se deshilacha. Y como la imposibilidad del cálculo no produce una simpática utopía gris sino caos, los planificadores exigen siempre más poder: más regulación, más impuestos, más control. El resultado no es igualdad, sino privilegio, clientelismo, empobrecimiento y represión. Es Venezuela, es Cuba, es Corea del Norte.
El socialismo no fracasa porque se implemente mal. Fracasa porque parte de un error fatal: pretender sustituir millones de decisiones libres por la voluntad de unos pocos. Eso no solo lo vuelve inviable, sino inmoral, porque niega al individuo como agente moral libre. El diagnóstico está hecho y no admite apelación.