El mito de la justicia social
«La llamada justicia social no tiene significado alguno en una sociedad de hombres libres.»
— Friedrich A. Hayek, The Mirage of Social Justice (1976)
Conviene mirar de frente el concepto más sagrado del altar colectivista: la justicia social. Se invoca para justificar que el Estado meta la mano en el bolsillo de quien trabaja y la redistribuya a su antojo. Y descansa sobre una incomodidad que casi nadie quiere nombrar: los seres humanos somos naturalmente desiguales en talento, ambición, esfuerzo y suerte. En libertad, esas diferencias se traducen en resultados desiguales. Eso no es una falla del sistema; es la prueba de que el sistema respeta a las personas tal como son.
El colectivismo, alimentado por la envidia —el único de los pecados capitales que ni siquiera promete un buen rato—, pretende rectificar la naturaleza humana. Hans-Hermann Hoppe lo vio con claridad: igualar resultados es incompatible con la propiedad privada y solo conduce a una clase dominante permanente que usa a los individuos como material de laboratorio. Porque cada peso que el Estado da, antes tuvo que quitárselo a alguien mediante coacción, y mantener la igualdad de resultados exige una élite armada con poder suficiente para aplastar a cualquiera que ose destacar. Bajo el disfraz de la benevolencia, se viola el principio kantiano de que el hombre es un fin en sí mismo y se lo convierte en instrumento de los fines de otros.
La única igualdad legítima es la igualdad ante la ley, no mediante la ley. Ya lo sabían los juristas de Salamanca: el gobernante no tiene permiso para decidir quién prospera y quién no. Si tu proyecto de vida prospera sirviendo a los demás con mejores bienes a mejor precio, nadie tiene derecho a castigarte por ello en nombre del bien común que él mismo define. La justicia social no es justicia: es injusticia institucionalizada, el camino de servidumbre que destruye la civilización para alimentar el ego y el bolsillo de la casta política.
Para profundizar: Murray Rothbard, Egalitarianism as a Revolt Against Nature; Robert Nozick, Anarquía, Estado y utopía; Axel Kaiser, La tiranía de la igualdad.